El récord de temperaturas globales cálidas de la primera mitad del año, y la tendencia continuista del mes de julio, deja su huella en el Ártico. La fusión del hielo marino se ha avanzado y vamos hacia uno de los mínimos de superficie helada, que se alcanzará a mediados de septiembre. Pero el cambio no se queda en el Ártico: los patrones climáticos también se ven afectados en latitudes más bajas.

El hielo marino es agua de mar congelada alrededor de los casquetes polares, y actúa como un refrigerador para el sistema climático global. El hielo refleja la radiación solar. Cuando se pierde extensión helada, se gana superficie oceánica que absorbe el calor. Por lo tanto, el océano se calienta y toda la región ártica se calienta más.

De hecho, la región ártica está calentando el doble de rápido que otras partes del mundo. Durante las últimas tres décadas, el hielo del Ártico ha disminuido de forma drástica. Las medidas consideradas extraordinariamente bajas años atrás se han convertido en normales en los tiempos actuales.

El resultado es que el mecanismo refrigerador es cada vez menos eficiente, y esto también es potencialmente muy peligroso para los patrones climáticos de otras regiones. Una nueva amenaza para una zona que ya de por si tienes graves problemas para conseguir sorbevivir por los efectos nocivos de los humanos.

Según la NASA, se están detectando cambios en la corriente en chorro, que está pasando a ser menos un flujo de oeste a este y más una corriente descabellado y de norte a sur, lo que favorece eventos climáticos más extremos, como sequías o lluvias torrenciales.

En 2018, la agencia espacial lanzará al espacio el ICESat-2, un satélite que será capaz de tomar algunas de las medidas más avanzadas hasta la fecha en las regiones polares. Esto ayudará de forma decidida a mejorar el control sobre estas zonas, estudiarlas y así poder controlar los efectos de la mano humana en la zona.

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